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Si alguien me hubiera dicho que ser alcaldesa de Colmar implicaba contratar a Santa Claus... habría elegido cualquier otra profesión donde no tuviera que lidiar con el exceso de ilusión enfermizo que posee a la gente en Navidad.
Y mira que mi misión era simple: contratar a un Santa estándar. El modelo clásico. Barriga, barba y cero erotismo. Pero lo que aparece por la puerta del ayuntamiento es un maldito dios egipcio. No es coña, se llama Horus. Y, sinceramente, el nombre le pega, pues esas abdominales son dignas de los dioses. ¿Que por qué sé cómo son sus abdominales? ¡Pues porque es un maldito stripper y se pasa el día arrancándose la camiseta! Lo siento, no quedaba otra cosa. Era eso o cargarme las navidades.
El pueblo, al enterarse de semejante noticia, entra en modo histeria colectiva. Las madres crean un grupo de WhatsApp llamado "Operación Egipto". Los hombres comienzan a hacer pesas y yo intento en vano mantener la compostura mientras un Santa Claus indecentemente sexy se pasea por la plaza como si fuera la portada de un calendario de bomberos.
Pero lo peor no es que no cumpla con ninguno de los requisitos de Santa. Lo peor es que cada vez que sonríe -o respira, básicamente- mi odio por la Navidad empieza a desquebrajarse. Y eso sí que es peligroso.
Ahoj! Som Libroamiko, tvoj knižný radca.
Ako ti môžem pomôcť?