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Lo que cuento de mi vida y mi circunstancia en este libro, es todo verdad, con excepción de los embustes.
El gentilicio Marplatero (referido a la ciudad de Mar del Plata) lo inventé yo para emular a Joyce en su novela Dublineses, donde la ciudad es la verdadera protagonista de la historia narrada.. Cambié nombres y referencias para no lastimar a nadie, distorsioné muchos hechos reales, no me atreví a contar otros y me escondí como pude en algunos. Pero no sé con certeza hasta dónde la verdad de mis recuerdos y los embustes de mi imaginación se han mezclado para intercambiar sus ambivalencias.
Desde muy chico tuve la compulsión de observar sucesos y comportamientos, propios y ajenos, lo suficientemente interesantes como para transformarlos alguna vez en materia narrativa, previa cocción en la olla de fabular. Con esta novela intermitente y desigual he intentado hacerlo. Pero la ficción resultante roza por momentos alguna incómoda realidad, vulnera la intimidad de algún personaje identificable, o hace reconocibles ciertos hechos que debieran permanecer en el olvido. Es cuando las puertas del macaneo se entreabren para que esa realidad escape a tiempo. Un narrador es un mentiroso con licencia, escribió Paul Johnson, y yo no lo voy a contradecir.
Hay, empero, una verdad persistente y errática que sobrevuela todo el texto como un murciélago sordo: es el espíritu marplatero. Pero como el marplaterismo es una entelequia que yo inventé sin haber logrado describirla, esa verdad quiróptera no es más que una verdad relativa, demasiado subjetiva para que yo mismo la tome en serio.
Se han escrito cientos de libros que le cantan a Mar del Plata con dulce voz. Los apruebo: la ciudad mítica de los soñadores se lo merece. Pero yo he querido dar aquí una visión diferente, tal vez escéptica y desencantada, pero no carente de comprensión y de humor. Vencemos la soledad cantándola ―escribió Ramón Piñeiro― y vencemos la debilidad individual burlándonos de ella.