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Hay historias que un pueblo prefiere olvidar antes que contar, y otras que prefiere contar mal, a propósito, con los nombres cambiados y los detalles limados, hasta que lo que queda ya no asusta a nadie. San Agustín, ese punto casi invisible en el mapa de la provincia de Buenos Aires, eligió la segunda opción. Durante años, lo que le pasó a la familia Ibarra circuló de boca en boca como una leyenda de sobremesa, una de esas historias que los viejos cuentan a los chicos para que no anden jugando cerca de ciertos alambrados, sin que nadie -ni siquiera quienes la contaban- terminara de creer del todo lo que estaban diciendo. Yo tampoco lo creía, al principio. Lo que van a leer en las páginas siguientes es una reconstrucción, armada con testimonios que no siempre coinciden entre sí, con un cuaderno viejo que alguien tuvo la generosidad -o la imprudencia- de dejarme fotografiar antes de que desapareciera para siempre, y con algunos silencios que, a fuerza de ser tan cuidados, terminaron diciéndome más que cualquier palabra. No pretendo que se lea como una crónica exacta de lo que ocurrió. Pretendo, apenas, que se lea como lo que fue para mí: la certeza incómoda de que hay cosas bajo la tierra de este país que todavía no hemos terminado de nombrar, y que quizás sea mejor así. No hace falta creer en el diablo para tenerle miedo a lo que encontró Anselmo Ibarra aquella tarde de mayo, cavando un pozo para un perro. Alcanza, nomás, con haber sentido alguna vez esa clase particular de desesperación que hace que un ser humano le pida algo a lo que sea que tenga entre las manos, sin preguntarse primero qué es, ni qué precio va a cobrar por dárselo. Esta es la historia de esa desesperación. Y de lo que, en San Agustín, todavía sigue esperando bajo la tierra a la próxima.
Ahoj! Som Libroamiko, tvoj knižný radca.
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