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Hoy, cuando los sujetos se encuentran desvertebrados, una poesía que sepa situarse en el sujeto es de una necesidad impostergable. Ya no hay propiamente estéticas nuevas, sólo petardos a la usanza de los vanguardismos clásicos, que instalan unas especies de terrorismos mediáticos: los neovanguardismos que recicla el posmodernismo no son más que carnavalizaciones de una vieja heterodoxia que no ha alcanzado nunca a ser genuinamente emancipadora y que los centros simbólicos de poder gratifican, por su carácter comerciable e inocuo, con una fama arbitraria y desmedida. Situarse críticamente en el sujeto implica una introspección cognitiva, una identificación de los nudos donde el dominio se fractaliza, una imaginación que rechace las coyundas en curso y una apetencia de soberanía interior que no repose un segundo. Para representar estos procesos no bastan las plasmaciones usuales, y cada poeta ha de resemantizar ferozmente, ha de combinar muchas distancias, ha de alzar perspectivas inéditas de lo que somos por dentro. Se trata de captar el yo profundo bajo la comprensión de que todo Yo no es más que la vertebración interna del conjunto de las relaciones sociales para las necesidades de sobrevivencia y expresión de un sujeto. Un Yo que, sin temor a la palabra -muchas son las palabras que hay que raspar de hollines y grasas-, sea un ego soberanamente estructurado que pueda funcionar eficazmente como centro de la conciencia, y que se vincule fructíferamente con todas las esferas que están debajo o sobre los pisos conscientes. El paisaje de la poesía es siempre el mundo interior del ser humano. Ese mundo interior es de una complejidad asombrosa, y en poesía los mejores son aquellos que logran representar eficazmente esa trémula y vertiginosa complejidad. Es evidente que dentro de nosotros, los que hoy estamos vivos en este sistema-mundo, han ocurrido cambios de imprevisibles consecuencias. El Yo profundo, como el punto de vista de un campo psíquico, se ha rajado y estallado: le cuesta mucho trabajo recomponerse: la poesía es una tentativa de recomposición: realmente, hasta ahora, por su proverbial resistencia al lucro, la ventaja y el poder, parece ser la única tentativa válida para irse aproximando hacia una soberanía interior, antesala de todas las soberanías posibles. En esa exploración tremenda, las creaciones del poeta cubano José Luis Serrano han de ser consideradas como esfuerzos sobresalientes de una imaginación que no teme resemantizar las visiones y los símbolos para alcanzar, desde la oblicuidad enérgica de la imagen, una revelación más honda de la verdad.
Roberto Manzano